Polina Berezina lo sacrificó todo por los Juegos Olímpicos

Polina Berezina lo sacrificó todo por los Juegos Olímpicos

La gimnasta rítmica española llega a la cita olímpica para quitarse su espinita de Tokio 2020 y luchará por ganar un diploma olímpico.

Son las 10 de la mañana. Como cada día, Polina Berezina sale con una sonrisa por la puerta de la residencia 'Joaquín Blume', en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid. En chándal, bien abrigada y con mucho ánimo se dirige al Pabellón I, donde le esperan ocho horas de duro entrenamiento.

Arranca su jornada con un buen termo de café entre sus manos, los cascos con música para aislarse del resto. Ambas cosas no pueden faltar en su día a día. Tampoco las ganas de superarse y de alcanzar sus objetivos. ¿El próximo? Al menos un diploma olímpico en París 2024.

Hasta llegar a esta oportunidad, Berezina no ha tenido un camino fácil. Se ha dedicado en cuerpo y alma a la gimnasia rítmica desde los 7 años, cuando su madre le apuntó a la escuela en Guardamar del Segura (Alicante). Ahora tiene 26, muchos sacrificios a sus espaldas y la recompensa de haber disfrutado de su deporte al máximo a pesar de tener que acoplar el resto de las piezas de su vida a él.

«He sacrificado todo y más por conseguir una plaza olímpica. No pasas tanto tiempo con tu familia, la ves poquito, igual con tus amigos, no sales de fiesta, no tienes tanta vida social y en los estudios no puedes llevar el ritmo de otros, pero lo haces por tus sueños deportivos. A mí la gimnasia rítmica me ha dado muchísimas más cosas de las que me ha quitado».

La intensidad desde el primer día define a la gimnasia rítmica. Tiene muy poca vida y es mucho más esclavo que el resto de deportes. Quien lo practica suele terminar su carrera profesional generalmente a los 30 años como máximo.

«Desde muy pequeña te metes de lleno en ello y entrenas muchas horas porque hay que trabajar la parte artística, el aparato, la música… Todo requiere mucho tiempo y es todo muy intenso porque empiezas temprano y terminas también pronto», explica Polina, ya la más veterana de las gimnastas de la selección nacional y del CAR de Madrid.

El sacrificio de Berezina a lo largo de su trayectoria abarca todos los aspectos de la vida, la alimentación incluida: «Antes eran muy estrictos con el tema del peso, pero ahora se le da más importancia a comer sano para que tu cuerpo pueda rendir bien y aguantar las cargas de entrenamiento. Trabajamos con nutricionistas porque si no te alimentas bien y no le das al cuerpo lo que necesita llegan las lesiones».

Las largas jornadas de entrenamientos dejan sin tiempo en muchas ocasiones a las gimnastas a emplear su tiempo para formarse académicamente, el otro objetivo de Berezina.

Polina, estudiante de Comunicación Audiovisual en la UCAM Murcia, quiere cumplir su sueño de ser directora de cine o fotografía. Lo demuestra a cada paso que da mientras se realiza este reportaje. Ella dirige al fotógrafo para sacar planos, da ideas e incluso deja claro que ya tendría título para una película sobre su vida por las experiencias que ha vivido: La oscuridad detrás del brillo. Pero la rutina deportiva se lo está poniendo difícil.

«Cuando más te exiges en el deporte menos fuerzas tienes luego para estudiar. Cuando puedo intento estudiar, sobre todo en pretemporada, pero cuando ya llega la temporada sabes que te tienes que centrar un poquito más en el deporte si quieres conseguir grandes cosas».

A estas dificultades se une además una serie de estrictas normas que Polina debe cumplir en la residencia del CAR, desde los horarios establecidos para las comidas hasta la prohibición de llegar más tarde de las 2.00h en fines de semana y festivos en el caso de los mayores de edad, por lo que limita la posibilidad de disfrutar del ocio como cualquier ciudadano ajeno al mundo deportivo.

Tales esfuerzos, en muchas ocasiones, no se ven recompensados. Los Juegos Olímpicos de Tokio fueron el gran golpe deportivo por el que ha tenido que pasar Polina. Se quedó a las puertas. Y todavía le sigue doliendo. Era su espinita… hasta ahora.

«Soñaba mucho con Tokio, estaba obsesionada. Tenía muchísimas ganas y me imaginaba que iba a ir. Me mentalicé de que iba a estar clasificada y fue muy duro. Hasta que empezó la competición, no me lo creí», recuerda con cierta mirada de tristeza. Incluso afirma que esa no clasificación puso en peligro su continuidad en la gimnasia rítmica: «Tuve dudas de si seguir o no, pero al final pensé que dos años después teníamos el Mundial clasificatorio en Valencia, en casa, y no me arrepiento de nada porque al final he llegado a conseguir ese sueño olímpico».

90 segundos. Minuto y medio cada ejercicio. Es el tiempo que separa a las gimnastas de la nada al éxito total...o al adiós. Todo pasa por la concentración. Saben que un mal movimiento puede dinamitar sus años de esfuerzo. Berezina tiene claro que ese factor lo toma como una motivación para «hacerlo todo lo mejor que pueda», considerando una competición de la talla de los Juegos Olímpicos como «un premio a todo el esfuerzo de muchos años de trabajo y sacrificio».

Trascendental en la selección es Marta Linares, entrenadora… y psicóloga: «Tienes que trabajar mucha psicología con ellas porque al final tú eres la que vives 'in situ' sus momentos débiles, sus miedos». Entre ellos, por su perfeccionismo, es que no le salgan las cosas como espera, lo cual la propia Polina considera que le perjudica, pero también le ayuda «para seguir aprendiendo y avanzando».

Y tras todo este esfuerzo… PARÍS. Después de 23 años, dos representantes españolas competirán en la modalidad individual de gimnasia rítmica en unos Juegos Olímpicos: Polina Berezina y Alba Bautista. Sus expectativas pasan por ir superando fases hasta llegar a su objetivo principal: «Intentar estar en lo más alto y luchar principalmente por pasar a una final olímpica».

Entre tanto entrenamiento, Polina aprovecha sus ratos libres haciendo planes con sus amigos y su chico. Con su familia tan solo puede hablar desde la distancia, pues se encuentra en Rusia, de donde procede. Antes podía viajar más hasta allí cuando el deporte se lo permitía, ahora la situación por el conflicto con Ucrania lo ha cambiado todo para los Berezina Ksenofontova. Con los ojos llorosos y la voz entrecortada, reconoce que el 2022 fue su año más duro: «Lo más difícil que he podido vivir en la gimnasia rítmica es sentirme sola. Aunque esté rodeada de gente me he sentido muy sola».

No le gusta hablar de ello. No quiere más polémicas relacionadas. Ya tuvo que hacer frente a un feo episodio en las redes sociales por su nacionalidad rusa. «Hice una actuación de Harry Potter y por eso mi símbolo es como un rayo que enseño al público. En una foto está como torcido y parecía una Z (símbolo del ejército ruso). La gente lo malinterpretó, empezaron a meterse conmigo, a desearme la muerte...», explica incluso con los ojos llorosos. Por suerte, todo quedó en un malentendido tras aclararlo ella con imágenes y vídeos.

Tras ocho largas horas de entrenamiento, llegan las 21.00h y Polina Berezina, «superorgullosa de representar a España», pone fin a otra intensa jornada. Como cada día, se vuelve a poner su chándal, se enfunda el abrigo, se cuelga su inseparable riñonera y regresa a la Blume para cenar y descansar. En sus sueños… los Juegos de París.

Las diferencias entre la gimnasia rítmica y la gimnasia artística, a menudo confundida

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Aros valencianos: Polina Berezina

Mientras la grada del pabellón de la Feria de Muestras de Valencia rugía incondicionalmente, las lágrimas poblaron la cara de una gimnasta, la cual, acababa de confirmar el pase al lugar que la verá cumplir el sueño de su vida, el de ser deportista olímpica. Posiblemente, Polina Berezina, realizaba aquel día la mejor actuación individual desde que practica gimnasia rítmica. Una disciplina que la enamoró desde muy pequeña, cuando aterrizaba en Guardamar del Segura, llegada directamente desde su Rusia natal. Un país donde llegaba al mundo hace 26 años y en el que "la rítmica" es casi como una religión para las más pequeñas, las cuales se suman a su práctica en múltiples escenarios.

En tierras alicantinas encontró su vocación, pese a los que no la veían con las capacidades necesarias para llegar a la élite. Por eso, ese 23 de agosto de 2023, aquellas lágrimas compartidas con sus familiares y amigos, que le acompañaron en este día tan importante, no sólo manifestaban la felicidad de cerrar el billete a París 2024, sino también, posiblemente, lo hacían con una carga de rabia contenida dedicada a esos negacionistas, que afortunadamente, fallaban en su pronóstico.

Y es que Polina ha sido una persona resiliente. Capaz de superar las adversidades y los diferentes baches que se le han ido presentando en el camino, algunos, que han puesto en serio peligro su continuidad en este deporte. Así, tras el intento de estar en Tokyo 2020 que se esfumaba además de una manera cruel, ya que quedaba como primera reserva, una vez más se levantaba y volvía a sacrificarse en la búsqueda de un objetivo que se haría realidad, finalmente, en el más ideal de los escenarios.

Un revés que le hacía madurar y poder mostrar lo mejor que atesora dentro de ella. Una elegancia y plasticidad que pudo lucir con las mazas y la cinta, lo que enamoraba a un jurado que la llevaba a una brillante sexta plaza en la cita mundialista celebrada en la capital del Turia.

Un año antes, junto al equipo nacional, ya se colgaba la medalla de bronce en esta misma competición, la cual daba el pase a los Juegos Olímpicos al conjunto español. Un éxito, que sumado al bronce logrado con el aro en la Copa del Mundo en Grecia, hace poco más de un año, atisban una Polina que llegará, libre de presión, al momento más especial de su carrera sobre el tapiz del Porte de la Chapelle Are, en la capital gala.

Además no lo hará sola, ya que irá acompañada de Alba Bautista, quien se aseguraba su presencia igualmente en aquella calurosa tarde veraniega, en lo que devuelve a dos gimnastas españolas a la competición individual, tras no hacerlo desde la edición de Sydney 2000.

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