La diosa Ataecina, la Señora Santa

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La diosa Ataecina, la Señora Santa

Ataecina (también Atecina, Ataegina, Ategina, Adaecina, Adegina Adaegina depende de la zona) fue una diosa ctónica adorada por los antiguos íberos, lusitanos, carpetanos y celtíberos en la Península Ibérica, una de las deidades ibéricas más importantes, ya que se lerindió culto prácticamente en toda la Península Ibérica antes y durante la ocupación romana, al menos en los tres primeros siglos del Principado. Era la diosa del renacer (la primavera), la fertilidad, la naturaleza, la luna y la curación (en muchas inscripciones se le adjunta el sobrenombre servatrix, conservadora de la salud).

Ataecina era una diosa venerada en la región regada por el Guadiana, si bien recibió culto en otras áreas más apartadas. Su santuario principal se encontraba probablemente próximo a la Basílica de Santa Lucía del Trampal de Alcuéscar, donde han aparecido doce inscripciones.

Adaegina o Ataecina era una diosa infernal adorada por los antiguos íberos, lusitanos, y celtíberos, una de las deidades ibéricas más importantes. Era la diosa del renacer, la fertilidad, la naturaleza, la luna y la curación, a la vez una diosa madre de la muerte y de la regeneración, del renacimiento y de la vuelta a la vida, diosa telúrica relacionada con el mundo subterráneo o infernal, cuyos poderes curativos y fértiles se manifiestan a través de las aguas subterráneas de determinadas fuentes o manantiales de orígenes profundos.

Figurilla tartésica de una cabra usada como exvoto, consagrado a la diosa indígena Adegina del Tesoro de la Aliseda, (Cáceres) siglo VII a. C.

En casi todas las inscripciones que encontramos sobre ella, es nombrada con el epíteto de Turobrigensis, lo cual hace pensar a los arqueólogos que la base de su culto se estableció en la ciudad de Turobriga en la Beturia Céltica (Plin. N.H 3,14). La diosa recibe el calificativo geográfico de Turobrigensis, Turubrigensis y Turibrigensis, de donde se infiere que tenía su principal santuario en Turóbriga; pueblo perteneciente, según Plinio, a la Beturia Céltica, comarca de la antigua Bética. .La diosa es conocida por diversas inscripciones en los valles del Tajo y del Baetis (Guadalquivir), donde la asimilaron a la diosa romana Proserpina: ATAEGINA TURIBRIGENSIS PROSERPINA.

El culto de Ataecina se extendió sobre todo en Lusitania y Bética; también había santuarios dedicados a Ataecina en Elvas (Portugal) y Mérida y Cáceres en España, además de otras localidades cerca del Guadiana. Fue una de las principales deidades adoradas en Myrtilis (actualmente Mértola, Portugal), Pax Julia (Beja, Portugal)

Gracias a la coexistencia armónica que se dio tras la romanización de la Península entre cultura latina y religiosidad indígena hoy se conocen un gran número de aras votivas dedicadas por indígenas a la diosa Ataecina con inscripciones en lengua latina fechadas entre los siglos I y III d.C. También hay testimonios en Toledo y Cuenca y en Cerdeña, donde seguramente llegó el culto a Ataecina gracias a soldados mercenarios. Los devotos eran de muy diferente procedencia social. Era una deidad de carácter infernal y su «celtismo» no es seguro.

Era la diosa del renacer (la primavera), la fertilidad, la naturaleza, la luna y la curación (en muchas inscripciones se le adjunta el sobrenombre servatrix, conservadora de la salud). Una diosa ctónica del Inframundo, dueña de todo lo que hay bajo el suelo y que por tanto, favorece la fertilidad de la tierra, siendo también por ello diosa de la fertilidad y del renacer vegetal, es decir, de la primavera, aunque pueda parecer paradójico que una diosa infernal pueda serlo al mismo tiempo de la primavera.

A menudo se la representaba con una rama de ciprés. Se sabe que tenía un triple carácter: infernal o ctónico, es decir, relacionada con el subsuelo, los pozos, etc.; agrario o vegetal, con atributos como el ciprés o la cabra; y médico. Por tanto es una diosa relacionada con lo funerario y con la fertilidad a la vez, al ser en su origen la diosa de la tierra y de los frutos de la tierra, que renacen todos los años. Steuding propone una etimología que hace más claramente de Ategina la diosa de la noche y de la oscuridad, por tanto, la dama blanca está ligada la noche como visión fantasmal, con su aureola de luz.

Otro aspecto importante son las capacidades mágicas y mediúmnicas de esta diosa: como diosa infernal, se le asociaba a la magia y a la curación; por ejemplo, la realización de ceremonias como la «devotio» que consistía en poner (por medio de fórmulas, es decir, magia de la palabra) a disposición de los dioses infernales a ciertos individuos a quienes se quería mal […].

Leite de Vasconcellos concreta más:

«Havia varios graus de devotio, desde a simplez praga ou maldiçao (imprecatio, execratio, etc.) oral ou escrita, até, em certo sentido, á consecratio capitis (morte) e ao ver sacrum».

Es el nuevo avatar de la ancestral diosa Innanna /Anna. Se cree que el nombre de Ataecina proviene del nombre celta ate gena, “nacida de nuevo” o «renacido». El sociólogo Moisés Espírito Santo afirma que el nombre combina Atta y Jana, el primero un epíteto de la diosa madre arquetípica y el segundo el nombre de la deidad romana Jana (forma femenina de Jano) o posiblemente de Diana, la diosa de la Luna.

Este sociólogo también afirma que Ataecina es una deidad compuesta que surge de tendencias sincréticas. Tiene las mismas o parecidas funciones que la Perséfone griega o la Proserpina latina, y de hecho en varias inscripciones aparece sincretizada con esta como Araeciba-Proserpina como en la aparecida junto al pantano romano de Mérida. De ahí que se le atribuyan también funciones agrarias. Esta teoría viene reforzada por las inscripciones de época romana en la que se la identifica con la diosa Proserpina, quien habitaba en el Hades durante el invierno y volvía a la tierra para llevar la primavera.

Es curioso destacar que muchos de los yacimientos en los que se han encontrado inscripciones y objetos dedicados a Ataecina se encuentren cerca de explotaciones mineras de hierro y estaño. Esto refuerza el carácter de diosa del Inframundo de Ataecina, ya que en varias mitologías, el dios del Inframundo es poseedor también de los metales y minerales ocultos en las entrañas de la tierra. Un ejemplo sería el dios griego Hades.

Puede verse una posible pareja divina entre Ataecina y Endóvelico. Las dos deidades tienen en el medio natural su lugar de culto, como numen locis o espíritus protectores del lugar, relacionándose con otros espíritus y divinidades ctónicas, tal y como cuenta Estrabón (III, 3,6). Estos santuarios son de dificil acceso, tal vez buscando el misticismo de lo oculto entre las ramas de profundos bosques, dando mayor énfasis al carácter sagrado de estas divinidades a las cuales sus fieles encontrarían en una suerte de peregrinaje iniciático.

Las antiguas poblaciones de la Península Ibérica, se refieren a ella como Domina Dea Sancta, la “Señora Diosa Santa”. El animal simbólico de Ataecina es la cabra y su árbol el ciprés (de marcado carácter funerario, no en vano la tradición de plantar cipreses en las necrópolis es de tradición mediterránea pre-cristiana, sobre todo latina). Es una diosa de la muerte y la regeneración, de los ciclos anuales de vida y muerte, seguramente en su aspecto invernal, cuando la tierra parece muerta

Adegina era la deidad del culto de devotio ibérica. Era un juramento de los guerreros iberos y celtíberos que consagraban su vida a la divinidad a cambio de la salvación de su jefe; por ello, debían protegerle con sus armas y su cuerpo aun a costa de su vida. De ahí, que los devoti, estuviesen obligados a suicidarse en caso de que su jefe muriera, ya que sus vidas eran ilícitas al no haber sido aceptadas en trueque por la divinidad.
Los que formaban el séquito de un caudillo deben permanecer con él en el caso de que éste muera. A esta suprema fidelidad llaman consagración o devoción
Plutarco, Sertorio, 14.

El culto a Ataecina se caracteriza por el levantamiento de altares y el uso de pequeños exvotos que bien podían tener forma de cabritas o bien podían ser cilindros en los que se tallaba un rostro de grandes ojos redondos combinados con otras formas geométricas que conformaban los rasgos de la cara. En las inscripciones se pide tanto su bendición como maldiciones, que podían ir desde una enfermedad ligera hasta la muerte. También se le pedía la curación de diversas dolencias.

Las leyendas de Vírgenes de las Nieves | Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

La Luna, Atenea y la Sabiduría de la Lechuza

La diosa de la sabiduría, Atenea, quien, según la leyenda, hizo brotar un olivo en la ciudad de Atenas con la punta de su lanza, fue la que enseño a los griegos a cultivar y cuidar los olivos, por cuya razón se ve en muchos monumentos con un ramo de olivo en la mano de donde se le dio el nombre de Pacífera. En las noches, la copa del olivo reluce con la blancura de la luna y su apariencia plateada lo identifica con ella. Esta duplicidad pasa a la diosa que lo ama y representa, Atenea, la cual participa de una doble condición: de guerrera, que solo viste sus armas defensivamente, y de reina de la noche. Los sabios ojos de búho de la diosa Atenea representan al ave nocturna que canta al cobijo de los olivos.-

En la mitología griega, el mochuelo de Atenea es el ave que acompaña a Atenea, diosa de la sabiduría, las artes, las técnicas de la guerra, además de la protectora de la ciudad de Atenas y la patrona de los artesanos; la diosa romana correspondiente es Minerva. El mochuelo de Atenea ha sido utilizado en la cultura occidental como símbolo de la Filosofía.

Se le ha atribuido erróneamente y durante siglos los nombres de «lechuza de Atenea» y «búho de Atenea», cuando se trata en realidad del mochuelo común europeo, especie cuyo nombre científico es precisamente Athene noctua.

El olivo es el árbol de la Luna, símbolo de la paz, de la purificación y del premio, las sacerdotisas de la diosa dormían sobre hojas de olivo para que, a través de su árbol predilecto, les infundiera el saber oracular de la luna que todo lo ve; esto habla de una tradición anterior donde el olivo era considerado representación telúrica de la Madre Tierra. Las sacerdotisas adivinas tenían una noche perfecta para el oráculo: dormir en verano en un olivar entre las argénteas hojas de sus árboles, dejándose llevar por la magia de la luna llena y el canto agudo de la vigilia nocturna de los mochuelos.

Atenea era la diosa patrona de Atenas, y las monedas en uso en la era clásica ateniense estaban acuñadas con la imagen de un ejemplar de este mochuelo. De la misma Atenea se dice que tenía «ojos de mochuelo», como señal de sabiduría y perspicacia. El epíteto homérico más común para Atenea, glaucopis comparte su raíz con la del nombre griego del mochuelo, glaux suele traducirse por ‘ojos brillantes’ combinación de glaukos (‘brillante’, ‘plateado’, posteriormente ‘azul’ o ‘gris’) y ôps (‘ojo’, o a veces ‘rostro’), o también por ‘ojos de mochuelo’. Respecto a este epíteto D’Arcy Thompson señala en su glosario la oscuridad del término, e intuye que podría referirse a la luna.

La lechuza -como el búho- es un animal nocturno que tiene un simbolismo ambivalente: temidas por muchos –por ejemplo, por la civilización china- por asociar estas aves con la oscuridad, la soledad, el frío y la melancolía, son consideradas por otros un tótem que ayuda y protege durante la noche, en las fases de oscuridad… Sea ésta física o espiritual.

Pero hay otro aspecto del simbolismo de la lechuza que menciona Guénon y que, por su importancia, no podemos pasar por alto: la lechuza es un animal nocturno… Vinculado, por tanto, a la luna. Ésta es la iluminadora de la noche… Por reflejo de la luz del sol que permanece oculto. El sol simboliza a la luz que procede directamente del Creador, mientras que la luna se asocia al reflejo de lo divino en lo creado, a la propiedad simbólica de la creación, a la posibilidad de la mente racional de captar un indicio de Dios y ascender, mediante una hermenéutica adecuada o una gracia especial, a su directa contemplación.-

La luna es símbolo de conocimiento indirecto, discursivo, progresivo, frío. La luna, astro de las noches, evoca metafóricamente la belleza y también la luz en la inmensidad tenebrosa. Pero no siendo esta luz más que un reflejo de la del sol, la luna es sólo el símbolo del conocimiento por reflejo, es decir, del conocimiento teórico, conceptual, racional; por ello se relaciona con el simbolismo de la lechuza. también por esta razón la luna es yin con relación al sol yang: es pasiva, receptiva. Es el agua con relación al fuego solar, el frío con relación al calor, el norte y el invierno simbólicos opuestos al sur y al verano.

Es, por tanto, la lechuza una buena compañera de viaje porque en nuestro camino todos pasamos por fases de oscuridad… Y no sería bueno que nos perdiéramos en medio de la noche. Adecuemos nuestra mirada para percibir la luz en cuanto nos rodea, para ver con claridad nuestras sombras, para ser capaces de ver el rostro del Creador en toda su obra… También en nosotros mismos… Sólo así seremos capaces de iluminar nuestra vida y la de nuestros seres queridos, no sólo con la refleja y fría luz de la luna sino con el calor y el amor que nacen de un corazón contemplativo.

No temas a la noche ni a la oscuridad, abre los ojos y descubre en ellas Luz… Porque allí está, para quien sea capaz de descubrirla.

Dioses en Hispania: Endovélico y Ataecina

Comenzamos esta singladura de pequeños artículos referidos a aspectos notorios de nuestra historia antigua haciendo referencia a dos dioses de la antigüedad: Endovélico y Ataecina.

Hemos querido unir estas dos figuras en un sólo artículo por su indudable carácter infernal, ya que ambos, a pesar del oscurantismo de las fuentes, las podemos situar en el mundo de las tinieblas, en el más allá, tan inaccesible para el historiador y arqueólogo de hoy en día. Ambos dioses, y en consonancia con otros indoeuropeos como Dionisos, están estrechamente ligados al cambio periódico de las estaciones, firmemente relacionado en una sociedad agrícola como la hispana, con la muerte y resurrección del cereal.

A pesar del título que he dado a este breve artículo, no existe evidencia de un Endovélico, plenamente configurado en sus características, sino que tenemos infinidad de nombres similares para calificar a esta divinidad, seguramente fruto de las variantes dialectales habladas en nuestra Península en época prerromana, así conocemos a esta divinidad como Indovélico, Endovólico, Ennoolico etc. Es posible que los logógrafos romanos en la redacción de sus crónicas militares trataran de asimilar e unificar el nombre bajo el fonema «Endovélico». Estrabón nos menciona una divinidad sin nombre o innombrable, que bien pudiera corresponderse en sus atributos con Endovélico (III, 4, 16).

Es el propio Estrabón quien nos menciona algunos de los caracteres de otra divinidad infernal que el asemeja con el propio dios de los infiernos Ares: «Sacrifican a Ares machos cabríos, prisioneros y también caballos. Hacen hecatombes de cada especie al modo griego, tal como dice Píndaro: «de todo sacrifican en número de cien»» (III, 3, 7). Es probable que en ambos textos Estrabón esté refiriéndose al mismo dios, al cual asimila primeramente a Ares, aunque luego confusamente lo tache de innombrable.

La bibliografía más sobre esta deidad nos acerca desde el análisis filológico al significado del nombre Endovélico en la Lusitania prerromana. José d'Encarnaçao ha ofrecido una teoría basada en el análisis del ara votiva dedicada al dios Andieco de Tapada da Colegiada en Castelo da Vide, Portugal. D'Encarnaçao sugiere que la raíz andhos se refiere a flor, por la que estaríamos ante un «señor o dios de las flores», el que porta la primavera y la vida tras el invierno acorde con el mundo rural de renacimiento y al que hemos hecho mención anteriormente. El epigrafista luso de principios del s. XX Leite de Vasconcelos ofreció otra explicación asimilando ende a superlativo y vello o wello a bueno, resultando el «muy bueno». Una visión que no tiene porqué contradecirse con la primera, ya que el muy bueno podía ser uno de los muchos atributos que tuviera ese dios innombrable, para algunos señor de las flores, para otros un Ares infernal.

En cuanto a la diosa Ataecina la conocemos varias denominaciones de acuerdos con los testimonios epigráficos: Adecina, Attegina, Adaecina. Podemos relacionar su nombre con la raíz celta ate, lo nuevo y genos, nacido. De acuerdo con está derivación estaríamos ante un diosa del renacimiento que se suele asociar en la epigrafía con representaciones caprinas seguramente su animal totémico.

Recordemos la importancia del cabrón en los mitos Dionisiacos, incluso en la propia Afrodita, diosa de caracteres similares a Ataecina y que monta dicho animal, es más, aventuremos que los amores que la Afrodita helénica tiene por Ares, dios de la guerra, puede verse correspondido por una posible pareja divina entre Ataecina y Endóvelico si el mito llegó a Hispania.

Las dos deidades tienen en el medio natural su lugar de culto, como numen locis o espíritus protectores del lugar, relacionándose con otros espíritus y divinidades ctónicas, tal y como cuenta Estrabón (III, 3,6). Estos santuarios son de dificil acceso, tal vez buscando el misticismo de lo oculto entre las ramas de profundos bosques, dando mayor énfasis al carácter sagrado de estas divinidades a las cuales sus fieles encontrarían en una suerte de peregrinaje iniciático.

En Rocha da Mina y San Miguel de Mota en Portugal tenemos dos santuarios posiblemente dedicados al culto a Endovélico. En éste último se ha encontrado un exvoto en el que aparece un oferente llevando presentes florales. Estos reúnen las características de otros santuarios dedicados a deidades del mundo subterráneo como el de la Panoias en Vila Real dedicado a Serapis y el de Isis de Belo Claudia, Cádiz.

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